El mundo sigue girando. A
pesar del cataclismo las calles se llenan cada mañana de gente que se dirige a
sus ocupaciones, el tráfico sigue colapsando el centro de la ciudad y en las
tardes soleadas los parques aún se llenan de juegos y risas. La vida no ha
terminado, solo la mía.
Tan cerca pero tan lejos la que
también fue mi existencia pasa a mi lado a diario, alzo mi mano con una súplica
en mis ojos, pero sé que vivo en un plano de la realidad distinto y apenas unos
pocos perciben mi presencia. Mi invisibilidad no me molesta, al menos desde
hace un tiempo la prefiero al dolor que me
causaban las expresiones que se dibujaban en los rostros de aquellos que muy a su pesar se encontraban
con mi mirada.
Todavía noto la tierra
moviéndose bajo mis pies, en una fracción de segundo todo se vino abajo cuando me sentía seguro y confiado. Pero eso ya pasó y nada
volverá a ser igual. A quién le importa, a mí ya no.
Hoy solo necesito un dólar. I need a dollar by Aloe Blacc (versión con quinteto de cuerda y subtítulos en español)
El asunto había estallado hacía pocos meses cuando un
paparazzi había conseguido captar de
forma fortuita unas instantáneas de Julieta en compañía de Romeo.
El fotógrafo, mientras tomaba un bocado rápido
en una modesta tasca, un lugar bien distinto de aquellos lujosos restaurantes
de moda en los que solía cazar a sus presas, observó a dos jóvenes enamorados
charlando en tono bajo, inmersos en su propio mundo donde solo existían ellos y
su amor. La tierna escena le amenizaba la cena hasta que se percató de quién
era la pareja. ¡No podía ser! Miró y volvió a mirar, la verdad es que los
chicos nunca habían salido en los medios, pero sí, eran ellos. Sus familias tan
ricas como influyentes habían imposibilitado la publicación de cualquier
material sobre ellos. Pero estamos hablando de fotos y vídeos sin más valor que
el de ver a Julieta en clase de equitación, a Julieta con sus amigas en un día
de playa o a Julieta de compras. Con Romeo sucedía igual, material
intrascendente que moría en los cajones de los escritorios de los directores de
cadenas de televisión, de semanarios del corazón o de portales de internet,
porque los beneficios de su publicación no compensarían ni de lejos los perjuicios
que les ocasionaría la retirada de la cuantiosa publicidad que insertaban las
diferentes empresas de ambas familias y también las de sus allegados.
Pero esto era diferente, ante él estaba la noticia del año; o
de la década; o del siglo ¡Los hijos de los archirrivales juntos y enamorados! Se atragantó con el
refresco que estaba bebiendo y se puso a sudar nervioso ante la posibilidad de
hacer el reportaje de su vida. Instintivamente echó mano a su cámara, pero para
su desesperación se dio cuenta de que se la había dejado en el coche; más de
quince mil euros en equipo fotográfico y ahora tenía que inmortalizar el
momento con la cámara de su móvil, 3,5 mega píxeles para realizar el trabajo de
su vida.
Disimulando como pudo, disparó la camarita decenas de veces,
rogando a los dioses que la ausencia de luz apropiada, de flash y de buenas
ópticas no impidiera que se distinguiese nítidamente a los tortolitos abrazarse,
besarse, reírse…
La escena romántica que antes le había hecho desear encontrar
a la mujer que le mirase con la intensidad con que ella le miraba a él, ahora
se había convertido en algo con lo que comerciar.
– Un millón – se decía a sí mismo.
– Por estas fotos me van a dar un millón.
Le dieron el millón. Se retiró y dejó de trasnochar y de
perseguir la fotografía más escandalosa. Se compró una casita blanca en la
costa. Ahora paseaba por la playa, desayunaba en la terraza de un pequeño bar
del puerto mientras leía la prensa y el sol de la mañana le saludaba.
De Romeo y Julieta se habló mucho, sus imágenes abrieron
telediarios y fueron el centro de la programación rosa de todas las cadenas.
Las audiencias se dispararon, las tiradas de las revistas multiplicaron los
ejemplares distribuidos. Cada semana había una portada: primero hablando de su
romance, después de la reacción furibunda de sus familias, más tarde de la
forzosa separación de los jóvenes amantes y por último de la muerte de ambos
despeñados en un accidente de tráfico al tratar de huir.
El día siguiente a la noticia del trágico final de los
chicos, en un pueblecito costero de casitas blancas cierto hombre no acudió a
su paseo habitual por la playa, ni desayunó en la terraza del bar leyendo la
prensa, ese día el sol no le encontró para desearle buen día.
El día siguiente
a la noticia de la muerte de Romeo y Julieta su cuerpo fue encontrado flotando
sin vida en las aguas de la bahía.
Un hombre rico quiso regalar a sus vecinos el mejor don que hubiese en la tierra; viajó lejos porque le habían hablado de unas flores maravillosas cuyo color y aroma cambiaban dependiendo de las necesidades de quien las poseyese. La flor era la misma, pero al ser puesta en las manos de su comprador, ésta leía el corazón de su dueño y su color y aroma se personalizaban sirviendo de medicina para su alma. Al inquieto traía paz, al triste alegría, al débil fuerza, al fuerte paciencia, y así, fuese cual fuese el tipo de personalidad, la flor siempre equilibraba el carácter haciendo de sus dueños personas sanas y felices. ¡Qué mejor regalo que ese!
Cuando llegó al país donde crecían estas flores quiso comprar sus semillas, había llevado una gran bolsa de oro porque sabía que todo lo bueno costaba mucho. Pero, para su asombro, se las dieron sin querer aceptar nada a cambio por el mero hecho de haber venido desde tan lejos y de querer compartir con otros de forma desinteresada las flores.
Antes de partir de regreso le dijeron que esas flores sólo se daban en un tipo de tierra especial, por lo que debía ser muy cuidadoso a la hora de elegir el terreno en el que las iba a plantar. También le dieron un manual que contenía todo lo que necesitaba saber para el cultivo exitoso de las flores.
Al llegar a su tierra vendió todo lo que tenía para comprar el terreno adecuado para el desarrollo perfecto de las flores.
Trabajó de sol a sol para acondicionar la parcela y por fin sembró las semillas.
Al llegar la hora de la cosecha se dio cuenta de que su campo solo tenía espinos, pero no se desanimó y siguió cuidando su plantación año tras año, pero los espinos cada vez invadían más el cultivo, y de las flores no había ni rastro.
El hombre se sintió engañado y avergonzado, lleno de frustración y tras haber invertido todo cuanto tenía en ese proyecto, finalmente tomó una soga y se quitó la vida.
Tres años después de su muerte la primavera llegó con unas lluvias muy abundantes y por fin los espinos se llenaron de yemas que dieron paso a unas flores como nadie de esa zona había visto jamás.
A principios de aquel verano el valle se llenó del aroma de las flores plenamente desarrolladas y listas para ser recolectadas. Los habitantes de la región, maravillados por la suave fragancia que lo impregnaba todo, incluso sus corazones, comenzaron a buscar el foco de donde partía el efluvio. Por fin encontraron la plantación custodiada por lo que quedaba del cadáver de su dueño colgando de la rama de un árbol; al acercarse vieron que de un bolsillo de su chaqueta asomaba un librillo, de unas pocas hojas, ajado por estar a la intemperie, al abrirlo, en el primer párrafo rezaba lo siguiente a modo de compendio de lo desarrollado en el manual: “plantar la semilla en la tierra adecuada y cuidar con esmero. El floricultor se dará cuenta de que su trabajo está teniendo éxito cuando el campo se llene de espinos, durante varios años los espinos crecerán, lo cual es muy importante para que luego la flor tenga un buen soporte y pueda crecer en plenitud. El florista sabrá que su labor habrá concluido cuando una copiosa lluvia primaveral caiga sobre los espinos adultos, entonces de éstos comenzarán a salir brotes que se convertirán en las flores que con tanto amor y paciencia ha estado esperando”. A la vista de los resultados todos estuvieron de acuerdo en que el hombre había realizado una magnífica labor y no podían entender el porqué de su trágico final.
Antes de volver a sus casas dieron sepultura a los restos del dueño de la plantación y movidos por la pena de dejar que unas flores tan hermosas se quemasen bajo el sol del verano, cada vecino se llevó una y, sin saberlo, con ella la felicidad a su vida.
_ ¡Papá, papá! Gritaba mientras se contorsionaba queriendo zafarse de esa gente extraña que la quería inmovilizar; pero papá no hacía nada, ni tan siquiera podía verlo cerca y ellos volvían a la carga otra vez. Ahora aulló al sentir una multitud de manos sujentándola por las muñecas y por los tobillos y notar cómo le atravesaban la piel. _ ¡Papá, papá! Se desgañitaba, pero papá no venía y ella no comprendía nada: ¿Por qué estaba atada?, ¿Por qué la miraban esos rostros deformes?, ¿Por qué le causaban tanto dolor?
Apenas hacía unos días estaba disfrutando de una extemporánea primaveral tarde de domingo en febrero, aún podía percibir el olor a salitre que impregnaba la brisa del paseo marítimo; se veía a sí misma corriendo y revoloteando entre sus papás, ora metiéndose entre las faldas de mamá reclamando un mimo ora agarrando las manos endurecidas por el trabajo de su papá, esas manos que le hacían sentirse a salvo de cualquier mal. ¡Era tan feliz! El sol por fin parecía haber vencido a las hordas invernales, sus rayos lo abarcaban todo, centelleaban sobre la superficie del mar cabalgando en las olas que mansamente se deshacían en un rumor sobre la arena de la playa, buscaban cualquier resquicio umbrío para declararlo conquistado. Una parte de su ejército había enjambrado en los bucles dorados que conformaban la melena de mamá. Mamá, tan guapa, tan buena, olía a galletas de canela, sus besos sabían a uvas maduras recién vendimiadas del majuelo, sus abrazos curaban cualquier dolor y su voz hacía que las pesadillas se desvanecieran al instante.
_ ¡Papá, papá! Ya estaban ahí otra vez mirándola, molestándola, haciéndole daño. Quería volver a su casa, cenar sopa y que su papá la arropase antes de dormir; quería cerrar los ojos y sentir el tacto suave de sus sábanas que olían a los saquitos de lavanda que mamá distribuía dentro del ropero.
Las enfermeras habían intentado sin éxito ponerle el gotero con un suave sedante para que, una vez calmada, el médico pudiese hacerle una revisión porque cada vez que se le acercaban arrancaba a gritar, a dar puntapiés y a bracear como una posesa. Era en esos momentos de tensión y desesperación cuando llamaba a su papá, un papá que jamás vendría porque hacía décadas que había fallecido. En la historia clínica figuraba que Nadie tenía noventa años y ningún familiar conocido al que avisar. Sus idas y venidas del geriátrico a los servicios de urgencias de los hospitales de la zona se estaban volviendo habituales.
A pesar de su edad su cutis lucía terso y sonrosado, sobre su frente el pelo mal cortado y algo desaseado aún conservaba un brillo y unos rizos muy característicos que conferían al conjunto de su rostro un ademán patricio. Sus manos blancas y finas terminaban en unos dedos delgados y largos a los que las uñas descuidadas y algo sucias no conseguían restar belleza.
Tras obtener la autorización del médico para inmovilizarla por fin habían podido colocarle la vía en el sitio correcto y el sedante parecía que iba surtiendo efecto, aunque de cuando en cuando todavía se la oía balbucear.
Ahora podía oler la lavanda, abrazada a su osito de trapo se despedía de su papá hasta mañana, el sueño la vencía y ya podía dormir tranquila porque estaba en su casa, en su cama, oyendo como sus papás trajinaban por la cocina, seguramente recogiendo los platos de la cena, ruidos familiares que componían la nana de lo cotidiano con la que transitaba hacía el reposo y los sueños.
En algún momento de la noche se despertó y ya no estaba en su cuarto, no podía mover ni pies ni manos ¿qué estaba pasando? El pánico se adueñó de ella, sus intentos por desasirse eran en vano. El trastorno senil que padecía le impedía recordar los sucesos de hacía pocas horas, el forcejeo con el personal sanitario de principios de la noche había sido arrojado al profundo pozo del olvido donde la enfermedad había ido echando, con metódica crueldad, jirones completos de su vida hasta haberla desposeído de todo, o de casi todo ya que sólo resistían de forma numantina algunas imágenes inconexas en las que ella era una niña de siete años. El objetivo de la cámara que proyectaba sus recuerdos había sido desenfocado por completo fundiendo a negro los más recientes, enturbiando hasta el mareo el resto, permitiendo únicamente la visión clara y nítida de un fugaz instante de felicidad acontecido hacía ochenta y tres años.
Nadie era ahora una niña confinada en un rincón de las añoranzasde una nonagenaria enferma y sola.
El sol se sumerge entre las colinas doradas, el día toca a su fin ¡Cuán lejos quedó el amanecer glorioso, la plenitud de la creación! El hedor de las calles me ahoga, mire a donde mire sólo veo desolación e injusticia. El sol se sumerge entre las colinas doradas, el tiempo de la retribución se acerca en el que ningún culpable será tenido por inocente, no habrá dinero ni influencia que pueda hacer que la sentencia sea cambiada. El sol se sumerge entre las colinas doradas; el frío de la noche va tomando las calles. Sé quienes sois, conozco vuestros nombres, hoy haré justicia y mañana cuando el sol se alce desde el mar, el mundo será un poco mejor. ¡Cuántas noches repasé vuestras obras, cuántos días os di para que entraseis en razón! Nunca reparasteis en mí tan ocupados en amasar fortunas a costa del débil; del desvalido. Nunca escuchasteis mis súplicas, la maquinaria de vuestra codicia enmudeció mis ruegos. Pero el tiempo de la retribución ha llegado y ni uno solo de vosotros escapará, os castigaré con fuego, os consumiré hasta los tuétanos y de vosotros no quedará memoria. Mañana el mundo será mejor. El sol se sumerge entre las colinas doradas y las sombras de la noche no ocultarán vuestras obras ni os librarán de mi furor.
Anoche en el barrio chabolista de las afueras se produjo un tiroteo. Según informaciones de la policía, un hombre de unos cincuenta años armado con un revólver disparó varias veces contra varios traficantes de droga sin que hiriese de gravedad a ninguno. Por contra, recibió una docena de impactos de bala que terminaron con su vida.
Nuevas informaciones nos confirman que la identidad del fallecido se corresponde con la del hombre a cuya familia asaltaron y mataron en su propia casa, hace hoy justo un año, para hacerse con un botín que ascendió a poco menos de 200 euros mientras él trabajaba en el turno de noche de la factoría automovilística. La policía no consiguió detener a nadie por ese crimen.
Tras esta noticia damos paso a la información del tiempo: Buenos días, hoy nos espera un día con temperaturas moderadamente altas, cielos despejados y el estado de la mar no presentará complicaciones debido a la ausencia de viento. Un día idóneo para pasarlo en la playa. Que disfruten.
Miró la habitación desde el quicio de la puerta, respiró profundamente, se enjugó una lágrima y se marchó sintiendo el peso del mundo sobre su espalda, una carga demasiado desproporcionada para la mochilita que acarreaba. Cerró la puerta de la casa con sigilo, avergonzada por lo que estaba haciendo. El ascensor tardó media vida en llegar y en su pecho el corazón se amotinaba.
A las nueve y media, como siempre, Alma llegó a casa con sus hijos después de un largo día de trabajo y de actividades extraescolares, Luis no llegaría hasta las diez. La cena estaba lista, la casa limpia y ordenada y la ropa para el colegio del día siguiente preparada. Su madre nunca aspiró a más que a lavar y a planchar, pensó con una mezcla de lástima y desprecio, mientras se tropezaba con una mochila que no conocía. ¡Mamá, no dejes tus trastos por aquí en medio! La abuela balbuceó una disculpa y recogió el que hubiese sido su único bagaje frente a lo desconocido si el miedo no la hubiese atenazado otra vez: dos mudas limpias, los medicamentos, la cartera y lo que más pesaba: la pena, mucha pena.
Desde aquella tarde, hacía una semana, no había vuelto pasar por el Sunset, todos aquellos recuerdos me hicieron cambiar de hábitos como si de esa manera pudiese modificar el pasado o al menos evitar el sentimiento de culpa que me perseguía. Pero ante la ineficacia de la estrategia, intenté retomar las buenas costumbres, pero ya nada fue igual, el capuccino, la puesta de sol, la musica... no causaban en mí el efecto relajante que durante dos años me habían hecho cliente habitual del local. Sentado, volví a repasar mentalmente cómo se había acabado lo nuestro, cómo del fuego del amor no quedaron ni los rescoldos, sólo las cenizas del reproche y de la culpa. Como suele pasar en estos casos todo fue gradual y sutil, lo que en principio nos atrajo fue lo que nos separó al final. Semejando a Dédalo e Ícaro emprendimos un viaje juntos de forma equivocada, huyendo de nuestros pasados y sin saber a dónde ir. Tú siempre tuviste más claro que para llegar a donde fuese que íbamos había que volar a una velocidad constante y a una altura predeterminada ni demasiado cerca del mar para no ser abatidos por las olas ni demasido próximos al sol para no ser consumidos por su calor. Yo, sin embargo, ni siquiera sabía si quería llegar a algún sitio, muchas veces necesité sentirme en lo más alto rodeado de una atmósfera abrasadora para inmediatamente dejarme caer en picado hasta que la espuma de las olas salpicaba mi cara, me bastaba con disfrutar el momento, yo era Ícaro y pensaba que te enfrentabas a la vida con alma de funcionaria, sin tomar riesgos, recorriendo caminos trillados por millones de personas, tú eras Dédalo. En algún momento, como no podía ser de otra forma, el sol derritió la cera de mis alas y el mar se convirtió en el sepulcro de nuestra relación. Tú, como siempre, cerebral y con visión de futuro, te diste cuenta al instante que hacer un esfuerzo por rescatarme hubiese supuesto tu propia caída, así que decidiste seguir tu trayecto. Hiciste bien. Yo, mientras me hundía vi como te alejabas majestuosa, segura, inalcanzable. Nunca fui ave fénix sólo Ícaro. Dejé el importe de la consumición y una propina exagerada en el platillo y me fui para no volver jamás al Sunset.
En el Sunset Café terminan todas mis tardes después de salir de la oficina, siempre más tarde de lo que debiera, con la misma rutina o, mejor dicho, con la misma liturgia consistente en sentarme mientras me libero de la tiranía de la corbata y apenas desanudada y guardada en un bolsillo de la americana, el capuccino descafeinado doble, con espuma de vaporizador (debería haber leyes que penasen con cárcel a los que ponen nata de spray), con un buen punto de canela y un toque de ralladura de limón aterriza en mi mesa mientras el mar va engullendo lenta, pero inexorablemente a un sol que ya no se muestra altivo ni castigador, sino que rojeando se va rindiendo a la noche tiñendo el cielo de tonos naranjas, rosas y morados. Sin duda es un buen momento, el bar se va llenando poco a poco de gente como yo, cansados del día pero sin prisas por llegar a casa, una casa vacía donde nadie espera. Las conversaciones y las risas se ven sofocadas por la música que suena a un volumen idóneo, lo suficientemente alto como para no oír a los que departen animadamente en las mesas contiguas pero no tanto como para que entre ellos no se oigan y tengan que elevar la voz.
Hoy, al segundo sorbo, comenzó a sonar Shola Ama y me viniste a la cabeza, cuántos recuerdos, qué buenos momentos, sin esforzarme tu sonrisa volvió a iluminar la estancia, tu voz se materializó en mi cabeza, casi llegué a sentir tu mano entrelazada con la mía mientras paseábamos por la orilla de la playa charlando de nada y de todo, al tiempo que las olas borraban las huellas que íbamos dejando, al igual que en algún momento borraron las promesas de amor eterno que nos hicimos. Algún tipo de justicia cósmica estaba haciendo que el dj estuviese poniendo canciones que fueron la banda sonora de lo nuestro, estoy convencido de que encontrarías la situación bastante divertida pero cuando empezó a sonar Get Here de Oleta Adams, pagué la cuenta y me fuí.